En las tres películas visionadas aparece un protagonista como eje conductor de la narración, un personaje con una identidad posmoderna. Una identidad poco definida, dónde, como dice Frderic Jameson sobre los individuos posmodernos en los cuales sus rasgos subordinados se vuelven dominantes y los rasgos dominantes se vuelven secundarios. Rasgos que desestabilizan a los personajes y les hacen entrar en crisis, crisis porque no entienden nada de lo que les rodeo, se sienten perdidos en la sociedad y no llegan a entender si pertenecen a ella. Les hacen padecer una insatisfacción con el mundo que les rodea, nada les llena personalmente, todo carece de un sentido más allá del mero hecho de ir solucionado los problemas que se presentan de forma continua. Un lamento desesperado, motivado por esa insatisfacción. Una alienación con la realidad, de la que no se creen participes de ella. Una falta de raíces y de identidad, que se ha perdido con el transcurso de la evolución. Una soledad, soledad ante la sociedad que no entiende, que se presenta fragmentada socialmente. En resumen una angustia y un miedo, que les tendría que hacerse pensar hacia dónde se dirigen.
Una angustia y miedo que es algo universal, algo que todo ser humano siente. Un miedo que se expande se expande a través de mecanismos políticos, lingüísticos y psicológicos, que no entendemos pero que hacemos nuestros. Las primeras teorías que surgieron sobre el miedo y las reacciones humanas a este, fueron expuestas por Kant. Él planteaba que nos atrae porque estamos protegidos por una distancia, existe un espacio entre el espectador y el miedo. Cuando estamos demasiado cerca de él nos mostramos incapaces de entenderlo, por ello necesitamos alejarnos, para entenderlo sin que nos afecte. De todos modos se evidencia que el miedo pasa a ser un instrumento de creación de una discurso ideológico. El miedo como parte de este discurso puede ser encontrado en cualquier cultura, ya que en el mundo globalizado en el que vivimos este miedo es utilizado como instrumento de alienación psicológica, política y social. Por otro lado, una vez superado este miedo, se transforma en algo estético, es aquí cuando se puede disfrutar del miedo, ya que se percibe como algo lejano, algo que no puede hacer daño y algo que a partir de aquí se convierte en espectáculo. El miedo se estetitiza por medio de películas, atracciones, etc.
La identidad posmoderna es una identidad fragmentada, una identidad que no está definida y que busca una forma de recomponerse, muchas veces a la desesperada y dónde la mayoría de las veces no la encuentra y se queda en la vaguedad, en la conformidad de lo existente sin intentar dar un paso más. Esta alienación de la identidad individual es la que genera al prototipo posmodernista. Un personaje que padece una especie de esquizofrenia en la que ni el mismo es consciente de lo contradictorios que pueden llegar a ser sus pensamientos y formas de actuar, dónde simplemente se marca un objetivo que cumplir y sigue los caminos que se le presentan sin preguntarse, hacia dónde le llevan, o si son correctos o incorrectos.
En la actualidad, la sociedad ha ido perdiendo paulatinamente sus identidades colectivas para substituirlas y centrarlas en las del individuo: si antes era posible representar a una clase social, un grupo ideológico o una religión, ahora parece imposible representar al individuo, ya que este propio individuo ya no actúa de una única forma sino que construye su identidad a partir de fragmentos a veces contrapuestos. El individuo posmoderno, lejos de ser fruto de un solo patrón de comportamiento, es de la coexistencia de contrarios y la fragmentación del yo. A mi parecer uno de los elementos claves que componen las características de los individuos posmodernos es el fenómeno del consumo, un consumo desmesurado y que nos lanza constantes mensajes contradictorios los unos con los otros. Es aquí donde se demuestra la falta de reflexión del individuo posmoderno en cuanto a sus actos de consumo se refiere. El consumo apoya directamente la actividad de las transformaciones de la realidad, en donde las imágenes y la fragmentación del tiempo han convertido la actividad del hombre actual, en una serie de presentes perpetuos, en dónde la reflexión histórica de la vida, queda relegada al momento, por lo que aplicada a la sociedad de consumo, ésta promueve la actividad comercial, sin tener conciencia, en muchas ocasiones de la temporalidad de los objetos, sino que los crea para satisfacer necesidades, no siempre primarias sino pasajeras o momentáneas. El individuo está en constante movimiento de ideas y sentimientos, que lo arrojan a una constante contradicción entre las ideas y sus propios actos, de forma tal, que se presentan unos cambios de valores y perspectivas de los proyectos personales y de su relación con la alteridad. De hecho, se podría considerar que el consumo o la forma de consumir, son una señal de identidad que diferencia al individuo o le hace formar parte de la sociedad. Se han destruído los valores y la existencia de las costumbres y tradiciones, con la posterior pérdida de la estabilidad del individuo en su vida cotidiana.
Este individuo posmoderno podríamos decir que surge de la ciudad del espectáculo, dónde la ciudad vista desde la teorías de Jean Baudrillard está sufriendo un cambio hacia una simulación de la realidad. Estamos llegando al fin de lo social y de la vivencia de experiencias auténticas. Por eso necesitamos recrear una realidad artificial, una copia de lo ya existente, o en definitiva una hiperrealidad. Podemos decir que la ciudad posmoderna es una ciudad dónde confluyen el espectáculo del ocio, de la cultura y del consumo, impidiendo en algunos casos discernir entre lo que es cultura y lo que es consumo. El espacio de la cultura está produciendo museos mediáticos que convergen de nuevo en el entretenimiento y el consumo. Además, necesitan aparecer como hitos urbanos de la posmodernidad y venderse al turismo como un producto necesario de consumo en la ciudad. Esto da como resultado, museos que pierden su finalidad cultural, dando lugar así a centros basados en otros valores que nada tienen que ver con el concepto original de museo. El espectáculo del consumo es el que está produciendo macrocentros comerciales donde confluyen todas las actividades recreativas: el espectáculo, el consumo, el ocio, y la cultura. Se convierten así en espacios urbanos copiados de la realidad pero que pierden la capacidad de ser públicos. Es a partir de estas tres estrategias (la del ocio, la cultura y el consumo) como convertimos la ciudad en producto, como objeto que promocionar. De este modo aparece la competencia de venta entre ellas. Para ello es necesario exacerbar y explotar los elementos que han sido característicos y tradicionales en la historia de la ciudad. Así se publicitan y promocionan las capitales en el mercado global. Es importante señalar que para coser el artificial disfraz de la ciudad-producto, necesitada de renovada estética, calidad visual y publicitaria, se requieren cantidades ingentes de dinero que se detraen de la vivienda social, el transporte público o el fomento del empleo. Se produce un decremento de la importancia del ciudadano en las urbes como contraposición a la importancia de la ciudad en sí, como ente. Todo este espectáculo está siendo asimilado como real en la sociedad de hoy día. El ciudadano de a pie pierde su identidad, sin sentirse discriminado por ello. Considera más importante formar parte de la identidad global urbana que asumir su propio rol individual. Incluso se asumen identidades urbanas que hasta ese momento habían sido ajenas a una ciudad, por el simple hecho de ser una identidad comercialmente rentable. Así comienza a surgir la ciudad escaparate, aquella que no es vivida por el individuo autóctono como algo propio, pero que asume como peaje para formar parte de una ciudad globalmente bien considerada.
Un ejemplo bien cercano sobre lo anteriormente citado, sería el caso de la ciudad de Barcelona, una ciudad construida por y para el mero consumo turístico. Dónde se crea una ciudad para el placer, como describe Guy Diebard en un libro en el que habla sobre la psicogeografía, dónde no se vive la ciudad como un espacio de ocio, tampoco se crean espacios interesantes, sino que se estructura la ciudad para seducir. Las divisiones de la ciudad van más allá de los cambios del decorado de los diferentes espacios, la variedad de combinaciones de ambientes es análoga a la disolución de los individuos y genera sentimientos tan dispares y complejos como los que pueden suscitar cualquier tipo de espectáculo.
Podríamos decir que se deconstruyen identidades, dónde hay múltiples y contradictorios significados. Consiste en mostrar cómo se ha construido un concepto cualquiera a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas, mostrando que lo claro y evidente dista de serlo. Con Jaques Derrida, la deconstrucción afirmará que la envoltura retórica es todo lo que hay y que por ello la identidad es irreductible a una idea o un concepto. En ese sentido la deconstrucción va a negar el concepto de totalidad. La deconstrucción realiza un planteamiento quiásmico, es decir, se mueve entre la negación-afirmación del símbolos que componen la identidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario