Podría decir que me parece interesante, por intentar adjetivar de alguna manera, la forma en que el autor (Georges Perec) me ha engañado, tomado el pelo y se ha burlado de mi persona como lector. Tratando de imaginar, ordenar y componer en mi mente esta lectura con tantas referencias a obras artísticas que ya no se cuales son verdaderas y cuales falsas y que me hacen dudar sobre la veracidad de todas las citas. Intentando construir una historia que parece verdadera me doy cuenta justo al final que me han engañado. Exactamente no podría transmitir lo que el autor intenta hacerme transmitirme, yo me lo guardo como una simple broma de las muchas que se pueden dar y se han dado en el mundo del arte pero esta vez se usa la literatura. Me viene a la cabeza la jugada que hizo el orinal de R.Mutt al poner en jaque los criterios estéticos del distinguido comité de expertos de la Asociación de Artistas Independientes., el mismo Marcel Ducham había enviado la obra, usando un nombre falso. Todo para remover los escombros sobre los que se equilibraba la definición del arte y como éste es entendido por el mundo que lo rodea. Perec hace lo mismo con este breve texto con señas de este juego pueden advertirse a lo largo de El gabinete de un aficionado, dónde el autor crea un imaginario a través de un collage, un collage de diferentes fuentes, algunas falsas y otras no pero que construyen una historia en la mente del lector a modo de texto narrativo. Quizá también sea pertinente reflexionar sobre la portada del libro, dónde aparece una reproducción del Gabinete de un aficionado. Otro engaño más, contrario a lo que el lector pueda creer hasta antes de terminar el libro, la ilustración de la portada es una copia, una reproducción, que según el libro fue pintada por Vernay-Lèvêque, en 1981. Surge entonces la idea de la reconstrucción. Concluyendo, la literatura acaba siendo un juego para este autor, una gran tomadura de pelo para el lector. Dejando a parte el aspecto de la construcción de una historia simulada surgen conceptos tales como el coleccionismo y a la relación con el artista, y así mismo del coleccionismo mismo se puede hablar también del fetichismo.
Perec hace una construcción del imaginario del lector, al final del libro comprendes que la ficción sobre la ficción construye realidades e imaginarios. El autor usa constantes citas, fechas, autores, obras y acontecimientos históricos y no tan históricos que acaba dándole al relato gran verosimilitud, en gran parte debido al producto de tu propia ignorancia, dónde delegas toda la veracidad de sus citas en el propio autor sin cuestionarlas ni ponerlas en entredicho en ningún momento. Nos creemos todo lo que leemos. Refiriéndonos al cuadro a partir del cual gira toda la narrativa, es importante el echo de no repetir en el segundo plano del cuadro una acción idéntica a la representada en el primero, cogiendo como excusa la re interpretación de las diferentes obras que salen representadas. La ficción sale reforzada: una pequeña variación en la observación de la realidad, que conlleva su reproducción siempre infiel y viciada por la anécdota del cuadro, la variación sobre la variación de una variación de la realidad alcanza y supera a esa realidad, lanzándonos al infinito. El cuadro que observamos nunca está quieto: siempre algún detalle escapará a nuestra percepción, y esa huida nos dará pie a concepciones falsamente realistas, con las que estaremos tentados a decir que la realidad tiene su propia vida, con independencia de lo que pensemos de ella. Realidad e ilusión abrazadas en el cuadro, realidad e ilusión que nos atenazan los miembros y nos arrojan sin piedad al infinito, como en una habitación llena de espejos dónde cuesta distinguir y separar lo que es real de lo que es ficticio con aboluta claridad.
Todo el libro gira alrededor de la colección del gabinete del cervecero y al mismo tiempo esta colección es usada i re interpretada en el cuadro El gabinete de un aficionado. A mi parecer todos los artistas son también coleccionistas de obras de otros autores las cuales absorbe y las dispone de otro modo. El artista aprende de obras anteriores, que le sirven para crear las suyas propias. La habilidad de coleccionar posee una indudable fuente de creación e inspiración. Arte y coleccionismo parecen mantener un relación simbiótica, no solo a nivel receptivo sino también en el productivo. Como ejemplo de casos de artistas coleccionistas me viene a la mente una exposición, la cual pude visitar, que se hizo en el museo Picasso de Barcelona en el 2008 titulada “Colección personal de obras de arte de Pablo Picasso”, dónde se exponían las obras que fue adquiriendo Pablo Picasso durante toda su vida y que le ayudaron a componer sus obras y a documentarse sobre diferentes temas. Todo artista aprovecha sus colecciones de distintas maneras, según la actitud que éste tenga con las obras coleccionadas. Se puede tener un actitud en plan de distracción y placer privado, de nula o poca relación directa con el oficio y por puro deleite en la contemplación de las obras, independientemente de la producción artística. La satisfacción de rastrear cierto objeto, el deseo de completar una serie y el deseo de propiedad pueden motivar este primer tipo de coleccionismo desinteresado, sin aspiraciones profesionales. También se puede tener una actitud de inspiración y formación, como pretexto de documentación, se puede citar o copiar la obra o el objeto adquiridos. Hay diferentes formas de citar una obra a través de la cual te has basado: las puedes citar a forma de homenaje, la puedes citar expresando lo mismo pero mediante otros recursos y también la puedes citar usando los mismos recursos pero cambiando el significado entre otras formas de citar o copiar. Otra actitud que el artista-coleccionista puede adquirir es la de integrar directamente en sus obras otras, por ejemplo en un collage montado de elementos que se han ido almacenando en la colección y que al juntarlos cambia su mensaje. Varía el grado de intensidad, también cuantitativa, entre pasión dominante, idea fija, obsesión fetichista hasta auténticos casos de colecciomanía.
Hablando de la actitud del coleccionismo surge el fetichismo, todo acto de coleccionar surge de una necesidad, pero a partir de la lectura del ensayo de Georges Perec no pretendo hablar del fetichismo cómo simple devoción hacia objetos materiales sino del fetichismo de las mercancías, del cual habla Carl Marx, dónde podemos definir el fetichismo de la mercancía cuando se separa al trabajador que la produce de esta. En el readymade duchampiano ocurría lo mismo, la obra de arte en el mundo capitalista es igual que la mercancía. Habla de la transformación del objeto de uso común en mercancía, este acto de conversión también se da en el mundo del arte, reforzándose, a su vez, por la necesidad ideológica de la burguesía emergente de argumentos que justificaran su poder frente a los demás sectores de la sociedad. El carácter fetichista de la mercancía enmascara la relación de poder, es decir, oculta la índole clasista del sistema capitalista y la propia existencia de la explotación. Éste fenómeno que, convierte a la obra de arte en “única” y provista de un “prestigio” o “aura” que la hace inaccesible para quienes no la posean, se enmarca en el aparato ideológico que justifica el poder del sector social que puede comprarla, es decir, del sector social que “impone” sus valores a quien debe “sufrirlos” pasivamente, ocultando el carácter real de esta relación injusta. El “aura” reafirma el fetichismo al dotar al productor artístico de supuestos valores naturales superiores, más o menos en consonancia con su supuesta genialidad. El precio de la obra en el mercado no depende de la calidad artística en sí, sino en la eficacia del aparato publicitario desplegado por los mercaderes y otras instancias en torno al autor, dónde además el propio nombre del artista contribuye a valorizar la mercancía artística. Su firma es garantía de autenticidad reafirmando el “aura”, fetichizándose a su vez a sí mismo y a las imágenes o signos sociales que produzca. La obra se convierte en el vehículo de la reproducción del capital, incluyendo las ganancias que enriquecen a diferentes intermediarios, tanto galeristas, subastadores o empresas que buscan futuras ganancias bajo el techo de la especulación artística. Bajo esta manera de entender el arte como un aparato más del sistema, éste acaba integrándose en él y se transforma. Según Walter Benjamin el arte ha sido separado de su función cultural. Benjamin habla en su ensayo titulado “La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica” sobre la pérdida del aura en la obra de arte contemporánea. Precisamente esa pérdida del “aura” de la obra de arte es algo que se pone de manifiesto en el ensayo de Gerges Perec, dónde se narra como todo los cuadros son una copia de otras obras, pero precisamente gracias a toda la cortina de humo capitalista que se ha colado en el mundo del arte consigue despistar a todos, incluyendo supuestos expertos en el tema. Benjamin Walter habla en su libro “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” que el arte ya no es único, se puede reproducir prácticamente todo. El arte ha ido perdiendo paulatinamente su carácter de obra única, irrepetible. No hablamos de retocar o renovar obras, sino, de reproducir de forma prácticamente exacta las obras que en su día fueron únicas y que gracias a la reproducción nunca volverán a ser lo.
Las mercancías pasan a ser obras de arte, esta apropiación de signos-mercancía sirve para devolver la ambivalencia crítica al objeto. Así se destruye el aura del arte, sustituyéndolo por el falso aura de la mercancía. Esto provoca un cambio en la percepción del readymade, ya que en un inicio desmitificaba el arte y ahora pasa a mitificarlo. Siguiendo las teorías que Marx expone en “El Capital” sobre la analogía entre fetichismo de la mercancía y la religión, podemos plantear otra entre el fetichismo de la mercancía y la religión y el espectáculo y la escultura mediatizada, ya que parten de un común: la mercancía fantasmagórica. La obra de arte se percibe como un objeto mágico que al igual que la mercancía, “se valora porque el trabajo, la sociedad y la historias que lo han producido se velan tras los efectos espectaculares”. Así podríamos decir que hoy en día no hay expresión artística que consiga huir de la mercantilización y el espectáculo pero para ello habría que obviar a artistas, cuyo arte se sitúa en una posición crítica hacia el espectáculo.
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